Por Diego Ontañón
Llegar a Potes es como cruzar un umbral hacia otro ritmo de vida. Rodeado por los imponentes Picos de Europa, este pequeño pueblo cántabro recibe al visitante con el sonido del río Deva, calles empedradas y una sensación inmediata de calma. Dos días son suficientes para enamorarse de su esencia si se aprovechan con tranquilidad y curiosidad.
El primer día comienza paseando sin prisa por el casco histórico. Caminar por el barrio de La Solana y cruzar sus puentes medievales permite entender por qué Potes es considerado uno de los pueblos más bonitos de Cantabria. Las casas de piedra con balcones de madera, muchas adornadas con flores, crean un ambiente acogedor y fotogénico. Una parada imprescindible es la Torre del Infantado, símbolo del pueblo. Subir a lo alto no solo permite conocer su historia, sino disfrutar de unas vistas magníficas del valle y las montañas que lo rodean.
A media mañana, es recomendable sentarse en una terraza de la plaza principal y observar la vida local: vecinos charlando, turistas curiosos y el constante ir y venir del río. Para el almuerzo, Potes ofrece una gastronomía contundente y auténtica. El cocido lebaniego (Restaurante El Cantón) es el plato estrella y una experiencia en sí misma, ideal para reponer energías. Conviene acompañarlo con un vino de la zona y terminar con un postre casero.
La tarde puede dedicarse a seguir explorando el pueblo, entrando en pequeñas tiendas de productos locales donde encontrar quesos artesanos, miel, embutidos y el famoso orujo lebaniego. Si apetece algo más tranquilo, un paseo junto al río al atardecer es perfecto para relajarse y disfrutar del entorno natural. Para cenar, una opción más ligera en alguno de los restaurantes del casco antiguo permite cerrar el día con una caminata nocturna por un Potes iluminado y silencioso.
El segundo día invita a salir un poco más allá del pueblo. Tras un desayuno con sobaos y café, una excursión al Monasterio de Santo Toribio de Liébana es casi obligatoria. Situado a pocos kilómetros, este lugar combina espiritualidad, historia y un paisaje espectacular. El camino hasta allí ya merece la pena por las vistas, y el ambiente del monasterio transmite serenidad incluso a quienes no buscan una experiencia religiosa.
Después, los amantes de la naturaleza pueden optar por una ruta de senderismo sencilla en los alrededores o aventurarse por alguno de los miradores cercanos para contemplar los Picos de Europa en todo su esplendor. Si se prefiere una experiencia diferente, el teleférico de Fuente Dé, a unos 30 minutos en coche, ofrece una subida vertiginosa y vistas inolvidables desde las alturas.
De regreso a Potes, la comida puede ser una buena oportunidad para probar otros platos locales como carnes de la zona o truchas del río. La tarde del segundo día es ideal para despedirse del pueblo con calma: comprar algún recuerdo gastronómico, sentarse junto al río o simplemente caminar sin rumbo por sus calles.
Potes no es un destino de prisas. En dos días regala al visitante una combinación perfecta de historia, naturaleza y buena mesa, dejando siempre la sensación de que algo queda por descubrir… y una excusa perfecta para volver.
Recomiendo el alojamiento en algún lugar típico de la región y en lo personal me encanta una vieja casona llamada Posada El Corcal de Liebana.
¡Potes te espera en Los Picos de Europa!







