Por Diego Ontañón
Bled es uno de esos lugares que llevaba tiempo queriendo conocer y que, cuando finalmente lo tuve delante, me pareció todavía más bonito que en las fotografías. El lago, la pequeña isla con su iglesia, el castillo en lo alto y las montañas al fondo forman una imagen difícil de olvidar. Dos días son suficientes para conocer sus principales atractivos, aunque también es un sitio perfecto para quedarse más tiempo y disfrutarlo sin prisa.
El primer día recomiendo comenzar temprano dando la vuelta completa al lago de Bled. El recorrido tiene unos seis kilómetros, es prácticamente plano y se puede hacer tranquilamente en alrededor de dos horas, aunque yo aconsejo dedicarle más tiempo. Vale la pena detenerse, tomar fotografías y sentarse un rato a contemplar el paisaje. Cada parte del lago ofrece una vista diferente y, conforme uno avanza, van apareciendo nuevos ángulos de la isla, el castillo y las montañas.
Una de las experiencias que no puede faltar es visitar la isla de Bled, la única isla natural de Eslovenia. Se puede llegar en una embarcación tradicional llamada “pletna”, una especie de góndola cubierta que es manejada por un remero de pie. El paseo es muy agradable y permite ver el lago desde otra perspectiva. También existe la opción de alquilar una pequeña barca de remos, algo más económico y divertido para quien tenga ganas de hacer un poco de ejercicio.
En la isla se encuentra la iglesia de la Asunción. Para llegar hasta ella hay que subir una escalinata de 99 peldaños, pero no resulta especialmente pesada. Una vez dentro, la tradición consiste en tocar la campana y pedir un deseo. No sé si todos los deseos se cumplen, pero me parece uno de esos pequeños rituales que forman parte del encanto del viaje.
Después de regresar a la orilla, subiría al castillo de Bled, construido sobre una roca a más de cien metros sobre el lago. Se puede llegar caminando por un sendero con bastantes escalones o en coche. Desde sus terrazas se tienen unas vistas espectaculares de todo el lago y de los Alpes Julianos. Además, en el interior hay un pequeño museo, una imprenta tradicional, una bodega y un restaurante. Personalmente, creo que la vista es la principal razón para visitarlo.
Para terminar el día, nada mejor que probar la famosa “kremšnita”, el pastel de crema típico de Bled. Está preparado con hojaldre, crema de vainilla y nata. Es bastante contundente, pero después de caminar todo el día uno puede comérselo sin demasiados remordimientos.
El segundo día lo comenzaría subiendo al mirador de Ojstrica. El sendero no es muy largo, aunque algunos tramos tienen bastante pendiente y conviene llevar calzado cómodo. Desde arriba se obtiene probablemente la fotografía más famosa de Bled: el lago completo, la isla en el centro, el castillo al fondo y las montañas rodeándolo todo. Si el clima acompaña, merece mucho la pena madrugar para ver el amanecer y evitar la mayor cantidad de gente.
Después dedicaría el resto de la mañana a disfrutar el lago con calma. En verano es posible bañarse en algunas zonas autorizadas, alquilar una tabla de paddle surf o simplemente descansar junto al agua. Otra posibilidad es recorrer el lago en bicicleta, aunque caminando se disfruta mejor del paisaje.
Por la tarde recomiendo visitar la garganta de Vintgar, situada a pocos kilómetros de Bled. El recorrido pasa por pasarelas de madera junto al río Radovna, entre paredes rocosas, rápidos y pequeñas cascadas. Es un paseo precioso, diferente al paisaje del lago y una buena manera de completar la visita.
Bled no necesita grandes explicaciones ni planes complicados. Lo mejor es caminar, mirar el paisaje, sentarse junto al agua y disfrutar del ambiente. En dos días se pueden conocer sus lugares principales sin correr demasiado y llevarse una imagen inolvidable de uno de los rincones más bonitos de Eslovenia.
Kmalu odkrijte ?are Bleda¡







