A poco menos de dos horas en coche de Madrid, entre murallas y con la Sierra de Guadarrama como telón de fondo se alza el pequeño, pero muchas veces histórico pueblo de Pedraza de la Sierra, que es considerada una de las villas medievales mejor conservadas no sólo de Segovia o Castilla y León, sino también de España y Europa.
Esta pequeña población de nobles casas blasonadas, plaza porticada, iglesia románica e incluso su propio castillo, hoy pareciera dormida en el pasado para hacer de sus visitantes protagonistas de un auténtico paseo por el medievo.
Pedraza nos ofrece un viaje en el tiempo donde, por supuesto hay mucho que ver, pero sobre todo que sentir y saborear y es que Pedraza tiene un olor singular que provoca el humo de las chimeneas de leña de monte y la preparación lenta y artesanal de un buen cochinillo o cordero lechal asados al estilo segoviano con un chorrito de agua y una pizca de sal. Ésta siempre fue tierra de ganado, sobre todo ovino, y de hecho el secreto de su esplendor en los siglos XVI y XVII se debe a la calidad de la lana de oveja merina que se exportaba a otras regiones del norte de Europa. Pero, como siempre, todo tiene su final y la crisis ganadera y la abolición del régimen señorial llevaron a Pedraza al olvido, un olvido rescatado por no tocarse un ápice de este municipio que es fiel reflejo de cómo sería una villa importante en un día cualquiera del año 1600.
Un paseo por Pedraza nos llevará a recorrer Puerta de la Villa y la Cárcel Medieval, la Calle Real con sus ventanas de piedra bien floreadas para llegar a la Plaza Mayor de planta irregular, porticada y de una amplitud considerable y que acoge algunos de los palacetes y casonas más impresionantes de la villa, lo sabremos por sus escudos heráldicos y las dimensiones propias de las residencias de casas nobles castellanas de la época. Hoy muchas de esas casas son restaurantes y asadores que dan de comer a los visitantes que buscan saborear buenas carnes de la tierra, así como los judiones de La Granja, que se preparan en Pedraza con una maestría excepcional.
Pero la joya de la corona es el Castillo de Pedraza donde nos ponemos frente a las puertas de la historia, porque este noble edificio de origen árabe hospedó o mejor dicho, retuvo a varios personajes ilustres, como el Gran Califa Abderramán III o los hijos del Rey Francisco I de Francia, el gran enemigo del poderoso Emperador Carlos V. Siendo menores fueron intercambiados por su padre para que éste evitara la cárcel. Al final, uno de ellos murió y más adelante el pequeño Enrique, superviviente a un duro cautiverio, reinó en Francia como Enrique II. Pedraza tuvo un papel esencial en este encarcelamiento infantil que mantuvo en vilo a media Europa, sobre todo al país galo.
Y tras las visitas de rigor no queda sino reunirnos frente a una fuente de barro con cochinillo o cordero y una buena botella de vino “clarete” de Castilla. Las posibilidades son múltiples y la riqueza gastronómica se palpa en todos los mesones de Pedraza, pero por experiencia y amabilidad de su personal yo me quedo siempre con el Horno de asar “El Jardín”, donde además de los asados preparan unas chuletillas de cordero para chuparse los dedos y que son uno de mis manjares preferidos.
He estado en Pedraza muchas veces a lo largo de mi vida y cada ocasión ha sido especial porque he seguido descubriendo experiencias nuevas, pero sobre todo allí he aprendido que para viajar en el tiempo no siempre es necesario recorrer grandes distancias.
Nos vemos en Pedraza¡¡¡







