Por Diego Ontañón
Es con toda seguridad en la Isla de Saona donde se han tomado las mejores fotos de las paradisiacas playas de arena blanca del caribe a la sombra de una palmera sobre las más transparentes aguas en color azul turquesa.
Originalmente llamada Adamanay por los indios Taínos, esta bella isla al sur de la República Dominicana guarda una interesante historia pues en ella pisa suelo Cristóbal Colón por primera vez el 14 de Septiembre de 1494 durante su segundo viaje, y la nombra Bella Savonesa en honor al savonés Miguel da Cuneo (Miguel da Cunio), quien advirtió que se trataba de una isla independiente de la entonces ya nombrada La Española.
Isla Saona está rodeada toda ella de hermosas playas y de historia y es uno de los lugares más solicitados del sureste de República Dominicana, por lo que es visita obligada cuando viajamos a la zona turística de Punta Cana, Bayahibe o La Romana.
Situada al sur del parque nacional del Este, está habitada por numerosas aves, tortugas, delfines, ballenas y manatíes y es visitada cada día por cientos de turistas que llegan a sus costas en pequeños botes para conocer sus misterios y a sus habitantes que no son más de 1,200 y que viven en bonitas y peculiares cabañas construidas con hierbas y palmas, ya que está prohibido construir allí y cuya ocupación principal es el turismo y la pesca. Saona forma parte del parque nacional del Este y se encuentra protegida oficialmente, no permitiéndose edificaciones de ningún tipo en su litoral.
La isla es rocosa y tiene bastantes grutas y cavernas en el noroeste de su geografía, y es una zona muy interesante debido a la gran cantidad de reliquias indígenas que se han encontrado allí. La costa presenta bordes rocosos bajos con ensenadas arenosas, y es donde se encuentra el único lugar de la isla que presenta una ligera elevación sobre el nivel del mar, al que llaman Punta Roca. Fue en esta parte de la isla donde se refugiaron los indígenas que, en los tiempos de Cotubamaná, tuvieron que huir de las tropas de Juan de Esquivel bajo las órdenes de Nicolás de Ovando. Las cuevas, bien protegidas y de difícil acceso, les sirvieron de cobijo y guardaron sus enseres hasta que, en 1912, el arqueólogo norteamericano Teodore de Booy las encontró. En el resto de la isla, una sucesión de playas interminables de finas arenas blancas y aguas cristalinas muestran distintos tonos de azul en combinación con el sol en sus preciosos atardeceres.
Saona también tiene una gran riqueza piscícola, pudiendo encontrar en ella grandes bancos de langostas y de moluscos, como el lambí, que junto con otros platos de pescado, puerco y arroz cocinados con coco y acompañados de una refrescante cerveza “Presidente”, podremos degustar en un acogedor chamizo que hace las veces de restaurante a la orilla de una de las mejores playas que uno haya podido imaginar.
La isla se suele visitar en una excursión de un solo día, pero si el lugar te cautiva puedes pasar la noche allí en sencillas pero cómodas tiendas de campaña.
Las playas de Saona te esperan¡¡¡







